
El término de Barbate se halla ubicado en el SW de la provincia
gaditana, en el entorno que los antiguos griegos denominaron Columnas de Hércules,
y posee casi 142 Km² de extensión que se asoman a las aguas del Océano Atlántico.
Su peculiar ubicación en la península ha determinado para bien o para mal su
historia, de manera que debemos acudir a los condicionantes geográficos si
queremos entender su pasado.
El primero de estos condicionantes ha sido el Estrecho. En el amanecer
de la Humanidad, las orillas norte y sur no distaban entre sí más de 1 Km. Las
fuertes corrientes próximas a la actual Tarifa debieron obligar a los descubridores
de Europa a cruzar por aguas más propicias, cuales eran las nuestras. Pero
aunque la evidencia de una migración temprana por el Estrecho parece probada en
Orce (Granada) o en Atapuerca (Burgos), aún no se ha constatado en las márgenes
del río Barbate, posiblemente porque la humedad de sus suelos y la inexistencia
de cuevas profundas han impedido la pervivencia de restos humanos en gran número,
restos que, no obstante lo dicho, más tarde o más temprano saldrán a luz.
Sí han aparecido vestigios materiales más tardíos, como las pinturas
de las cuevas de Las Palomas o las del Tajo de las
Figuras, muestras de que el
arte se había extendido como manifestación de una época en que la caza y la
recolección eran las actividades principales para la subsistencia.
Los movimientos de población a través del Estrecho serán una
constante en nuestra Historia, y durante mucho tiempo las semejanzas y
relaciones con los pobladores norteafricanos serán más hondas y exclusivas que
con el resto de la península.
Segundo condicionante geográfico es el mar Mediterráneo, a través
del cual han llegado de Oriente hombres que en la Antigüedad nos sincronizaron
con las civilizaciones más avanzadas. Para empezar, la zona barbateña se
asemeja al prototipo físico preferido por los colonos y comerciantes fenicios
para instalar sus factorías: río, playa, marismas, agua potable, sal,
pinos...Ellos fueron quienes, hace ahora casi tres milenios, industrializaron la
pesca del atún, entregando más tarde el testigo a los cartagineses.
Desde el siglo V a.d.C., los griegos de Atenas mencionan el garum
procedente de nuestras costas. Se trata de una especie de salsa elaborada a
partir del atún, la morena o la caballa. Lamentablemente y para desesperación
de los historiadores, las fuentes escritas de Estrabón, Tímaios, Polibio y
otras son parcas, y apenas pasan de citar la riqueza pesquera y en especial la
referida a los túnidos (cerdos del mar
los llama Estrabón), cuya captura y preparación comercial debió de atraer
poderosamente la atención de los viajeros helénicos como lo ha hecho sobre los
viajeros de todos los tiempos y latitudes.
Tercer condicionante natural es el río Barbate, en estrecho maritaje
con el medio marino. No sólo fue una vía natural idónea para acceder o dar
salida a las riquezas del interior agrícola y ganadero, también representó,
en numerosas ocasiones, una frontera entre poblaciones y hasta mundos distintos.
Para algunos autores, allá por el siglo VI a.d.C., en plena efervescencia del
reino de Tartessos, el río supondría el límite de este pueblo por el sur,
empezando en su cáuce la influencia libiofenicia o norteafricana. De entonces
arranca el nombre de Baesippo con el
que será conocido hasta época árabe.
Cuarto condicionante natural es el Océano Atlántico y con él las
aguas norteafricanas. Allí iban desde temprano nuestros pescadores y volvían
con las bodegas cargadas de pescado. Tal se infiere de las noticias
grecolatinas, las cuales documentan la pronta afición a las redes de cerco que
históricamente han servido a nuestros pescadores.
La pesca de las almadrabas y los viajes a los caladeros norteafricanos
propician el primer jalón de nuestro pasado. A partir del siglo I, los
salazones registran el mayor auge de toda la antigüedad. Entonces el garum
había dejado de ser un producto de lujo en Roma, adonde se exportaba, y sabemos
que incluso llegaba a la soldadesca que guarnecía las fronteras bárbaras. Baelo
Claudia, no muy lejos de aquí, pudo ser el centro más
importante del sur, y la necrópolis sobre la que se asienta Barbate parece
responder a una población que se dedicó integramente a la pesca. Al menos así
parecen confirmarlo las ánforas de aceite y de pescado que han aparecido en los
enterramientos, las cuales igualmente nos informan de un asentamiento integrado
dentro de un circuito comercial extenso que abarcó gran parte de la actual
costa andaluza y marroquí.
Con la caída del Imperio Romano vuelve la inseguridad a las costas, al
tiempo que se producen dos hechos que reverberarán a través de posteriores
siglos: el triunfo del Cristianismo sobre las religiones paganas, y la
consolidación del predominio del mundo rural sobre el urbano, lo cual se
traduce en un eclipse de los mercados tradicionales. Ambos mundos se van a hacer
patentes aquí en la fundación de varias ermitas, entre las que destaca la de
San Paulino (donde se halla la actual Casa de la Cultura); la de San Ambrosio
(en el pago rural del mismo nombre, actualmente restaurándose y que aún
conserva parte de la primitiva fábrica), y la de la Oliva (que hoy guarda el
testimonio de su fundación junto con el de la anterior).
No sabemos si aquellos ermitaños llegaron a alcanzar el solaz bucólico
que andaban buscando, de cualquier forma, la relativa paz que pudieron respirar
se vio turbada cuando, a principios del siglo VIII, una invasión árabe-bereber
vencía a los ejércitos visigodos en las proximidades de La Janda.
Más amigos
del mundo agrícola que del pesquero, los musulmanes dejaron testimonios
materiales en Los Caños de Meca y en San Ambrosio. Las crónicas dejan entrever
que en nuestra costa se asentaron bereberes del norte de África y que éstos,
antes de concluir el siglo de la invasión, levantaron o remozaron una fortaleza
conocida por Barbat, quizás en la desembocadura del río, donde siglos después
se emplazaría un castillo.
Desconocemos hasta que punto los nuevos inquilinos continuar
on o
pusieron en práctica la vieja economía de producción inaugurada con los
fenicios. De lo que no hay duda es que siguieron capturando el atún en nuestras
aguas, tal como había venido haciéndose desde siglos, hasta el punto de que
variaron los términos lingüísticos usados en el argot de esta pesca; la misma
palabra almadraba es un legado más de
entre los muchos tecnicismos que debemos a los seguidores del Islam.
Los avatares de la conquista cristiana convertirán el río, allá por
el siglo XIV, en línea fronteriza, quedando la zona semidespoblada; las
frecuentes razzias andalusíes,
cristianas o norteafricanas impidirán el nacimiento o continuidad del pueblo,
toda vez que no se hallaba en lugar defendible. Prueba fehaciente de esto, según
algunos, es que de ser así, hoy se hubiera denominado Barbate de la Frontera.
Las Hazas de Suerte formaron parte de aquellos incentivos que
concedieron los reyes en su deseo de proteger la frontera y repoblar la zona.
Esos mismos objetivos llevaron al asentamiento en la foz o distrito de Barbate de la Orden de Santiago, la cual dará
paso, en el mismo siglo XIV, a la Casa Ducal de Medina Sidonia, que extenderá
sus dominios por toda la comarca y explotará con envidiables beneficios sus
almadrabas. Muchos trabajarán a las órdenes del duque en aquellas faenas, cuya
industria encontró acomodo en las playas de Zahara y de Conil. Para centralizar
aquella producción, así como para dar cobijo al puerto de Barbate, mandaron
los duques construir en la desembocadura del río, ya en el siglo XV, el
castillo de Santiago. Las crónicas resaltan su papel defensivo contra supuestos
enemigos del ducado, dadas las guerras internas y externas en las que se hallaba
sumergida Castilla. Pero no debió ser menor su objetivo de persuadir a la
piratería que penetraba aguas arriba desde tiempos inmemoriales.
Expulsados definitivamente los musulmanes de España, la inseguridad en
la costa se acentúa si cabe aún más, puesto que gran parte de los que
abandonan la península van a parar a Berbería, engrosando la lista de buques piratas que operaban desde las bases
norteafricanas. De hecho, la república corsaria de Salé, que estuvo junto a la
actual ciudad de Rabat, fue fundada por moriscos extremeños y andaluces.
La inseguridad en nuestra costa fue tal, que pocos se aventuraban no ya
a poblarlas, incluso a circular por ella. Para el trabajo en sus almadrabas, los
duques se vieron obligados a reclutar a gente perdida para otros menesteres en
ciudades como Sevilla o Córdoba. Aún así, el recudrecimiento de la piratería
obligó a los señores a emplear convictos de robos y hasta de crímenes en las
faenas jabegueras. Aquí empezó la fama de picardía
con que se conocerá tradicionalmente la almadraba de Zahara, fama recogida
magistralmente por la pluma de Cervantes en La
Ilustre Fregona, y pese a la cual los duques obtuvieron unos rendimientos
que hicieron de su Casa una de las más ricas de España, que es tanto como
decir de toda Europa.
Para salvaguarda de personas y enseres, los duques mandaron construir
en Zahara (a mediados del XVI) un
castillo o jadraza que aún, si bien
con menos brillo que antaño, puede contemplarse, distinguiéndose en él las
distintas dependencias que sirvieron al trabajo del atún. Aún así, la
protección de la costa resultó imposible para los duques, que ya habían
constuido una atalaya en Trafalgar, por lo que Felipe II ordenó levantar una
serie de torres vigía a lo largo de todo el litoral, de las que permanecen en
nuestros alrededores la del Tajo, Meca
y Camarinal.
Las medidas adoptadas no fueron en modo alguno suficientes, y la
piratería norteafricana se hará dueña de la costa por muchos años. Su
objetivo principal serán las gentes, por las cuales se pedía rescate, so pena
de ser enviada a la esclavitud que nutría los campos, las galeras o los
harenes. Con este panorama, no es extraño que nuestra costa permanezca prácticamente
despoblada a lo largo del siglo XVII. Contribuyó a ello las Matrículas del
Mar, las cuales obligaban a los pescadores a acudir en caso de reclutamiento
para la Marina de Guerra.
Dado el belicismo que caracterizó la segunda mitad
del siglo XVIII, la gente evitó en lo posible pertenecer al gremio de los
pescadores.
Barbate, tal y como lo conocemos hoy, hecha sus raíces, según una
vieja tradición local, a fines de aquel siglo XVIII, con el arribo a sus
tierras de un maltés llamado Paulo Mallía, primero de los sucesivos
inmigrantes que irán conformando el carácter del pueblo. Oficialmente, el maltés será un comerciante, un vendedor ambulante que diríamos
hoy, pero en realidad, ya desde su primera estancia en Conil, su principal
dedicación va a ser la pesca. En los viajes a la ensenada barbateña con su
falucho descubrirá sus riquezas, lo que le impulsará a asentarse primero en
Vejer, y luego a comprar una casa en Barbate. Lo prolijo de su descendencia, que
no abandonará ya este pueblo, ayuda a comprender en gran medida el nacimiento
de una tradición que le atribuye, tan honorable como impropiamente, la fundación
de Barbate.
Durante todo el siglo XIX la localidad pasa por ser un a pequeña y
humilde aldea, muy azotada como tal por las desgracias, como la de un incendio
que la asoló a mediados de esta centuria. Esta aldea, junto con la de Zahara de
los Atunes y la de San Ambrosio, depende administrativamente de Vejer.
Con la explotación de las
almadrabas por la familia Romeu a fines del
siglo XIX, se produce el gran revulsivo que la economía local necesitaba,
multiplicándose la población por veinte en poco tiempo. Eran los años en que
acontece la primera eclosión industrial en España, y Barbate ofrecía recursos
inexplotados para los más emprendedores.
A principios del siglo XX, Serafín Romeu Fages, culto, burgués, monárquico
y liberal heredó la almadraba de su padre. Pronto mostró unas inmejorables
dotes para los negocios y para la política, que entonces eran casi la misma
cosa. Aunque su contribución a la mejora de la localidad supuso una mínima
cosa parte de lo que sus aguas le generaban, no es menos cierto que podía haber
obviado su gestos sociales, tal como se estila hoy, y guardar para sus arcas el
monto de los beneficios.
Sin embargo, a él se debe la primera traída de aguas
al pueblo (la fuente de los seis grifos);
las ayudas a la construcción del Pósito de Pescadores (derribado en los años
80); la construcción de la antigua aduana (hoy Delegación de Urbanismo y
Radio); la construcción de un colegio (hoy Delegación de Fomento y
parvulario), o la construcción del nuevo cementerio. También gastó grandes
sumas socorriendo al pueblo cuando éste fue azotado por la epidemia de gripe,
llamada ilógicamente gripe española,
tras la Gran Guerrra, amén de otras altruistas aportaciones.
El rey Alfonso
XIII le concedió por todo ello el título de Conde de Barbate, y el pueblo dio
su nombre a una calle –que luego él adoquinó-, y más tarde puso una placa
en su honor a la entrada del mismo.
Mientras tanto la villa contempla un apogeo económico y social sin
precedentes, superando en población a Vejer, el municipio matriz. La causa no sólo
hay que buscarla en la industria atunera, también en la demanda creciente de
sardinas, jureles y caballas, y otros peces de gran valor en el mercado. Por eso
en Barbate se van a desarrollar los más diversos tipos de pesca, destacando
entre ellas la de palangre, seguida
por la de cerco y jareta. La primera
se verificará, al menos en las primeras décadas del siglo XX, en nuestra
ensenada; la segunda va a serlo desde los primeros años en aguas de Marruecos.
De la época anterior a la Guerra Civil han quedado en la memoria
colectiva personajes como, además de Serafín Romeu, el escritor Miranda de
Sardi, el empresario Aniceto Ramírez, el farmacéutico Tato Anglada... Ellos
promovieron la salida a la luz pública de tres diarios: El Heraldo de
Barbate,
La Independencia de Barbate y El Destello.
Todos lograron concienciar a una gran
parte de la población de la necesidad de independizarse del Ayuntamiento de
Vejer. Esta desvinculación, junto con Zahara de los Atunes, se produjo en 1938
por Resolución del Ministerio del Interior dado en Burgos el 4 de noviembre,
siendo Agustín Varo Varo el primer alcalde no pedáneo de Barbate.
El aprovechamiento de los propios recursos y las demandas alimenticias
de la posguerra en el país fueron factores determinantes para la creación de
infraestructuras que el pueblo hacía décadas venía reclamando. Así, se
acometió el alcantarillado, se construyó el mercado de abastos, el
ayuntamiento, una clínica, viviendas para pescadores, y un largo etcétera que
culmina, en plena vitalidad económica y pesquera, con la inauguración del
nuevo puerto pesquero (1961), y que halla sus epígonos en la construcción del
puente sobre el río (1971) y la desaparición del barrio marginal del Zapal
(1974).
Pero, a mediados de los años 60, toda la prosperidad barbateña se verá
truncada, pues Marruecos extiende sus aguas jurisdiccionales. La dependencia de
Barbate de la pesca -de la pesca en Marruecos- trae la crisis al sector; al
mismo tiempo, la falta de atunes debido a su captura en alta mar se agudiza. Al
ser estas las faenas que habían dado lugar al nacimiento del pueblo y lo habían
hecho crecer, se encontró éste de lleno con que sus tradicionales fuentes de
riqueza le fallaban. No era una crisis que el pueblo pudiese resolver por sí
solo. España se vio obligada entonces a negociar con Marruecos la posibilidad
de pescar en sus aguas, y los tratados que hasta ahora se han ido firmando con
los vecinos han llevado a la reducción de la flota que trabajaba en sus
caladeros; igualmente, han desaparecido la mayor parte de las fábricas
dedicadas a las conservas y salazones del pescado, y de las que Barbate llegó a
tener hasta veinte.
De esta manera, llegamos al actual estado de cosas, el cual exige una
reflexión. La mar es demasiado golosa. Un agricultor puede ser marinero por
necesidad, pero un marinero morirá de hambre antes que volverse agricultor. Por
ello la reconversión, denominada así incorrectamente, pues no era otra cosa
que desmantelación de la flota pesquera, ha sido y es en Barbate una tarea casi
imposible. O se volvía de nuevo la vista al mar, o la población emigraba a
otros puertos para seguir cultivando lo que es a la vez trabajo y pasión.
Los hijos de muchos que se fueron o han quedado siguen mirando a la
mar, pero con otros horizontes menos honorables y con un futuro aún más negro.
Los que emigraron fueron muchos –aún siguen siendo muchos-, y nadie
parece recordarlos, a pesar de que forman tanto parte del problema de Barbate
como los que se quedan. Quizás su suerte sea aún más triste, desarraigados, buscando una identidad con una
tierra que no les vio crecer, y arrastrando en esa suerte no pretendida a los
que aún siguen en Barbate, porque impide a estos forjar su propia identidad
como debe hacerse, con la experiencia de los mayores.
Por su endémica emigración Barbate, no podía ser de otra manera, es un pueblo de adolescentes, lo cual
–al menos- es positivo, y aún envidiable, vistos los comportamientos de la
natalidad en toda Europa. Eso sí, siempre que existan loables perspectivas de
futuro.
La búsqueda de nuevos caminos, como el turismo –la declaración del
Parque Natural de la Breña es de 1988-, se presenta como un reto para una
población que debe cambiar sus esquemas socioculturales para prepararse ante
una diversificación de sus actividades productivas: “Mientras haya mar, habrá
pescao”, dice uno de nuestros viejos. Pero la mar se parece cada vez más a
una gran piscina......
...

© Texto original y foto de Antonio Aragón Fernández.
Julio'2000
Adaptado para la web por Ramón P. García